(EL DIARIO REGIONAL, 12/09/2006) Decía Perón que “los muchachos son buenos, pero si se los controla, son mejores”, refiriéndose a la conveniencia de establecer mecanismos de control gubernamental, incluso para vigilar a aquellos con quienes compartía un mismo espacio partidario.
A poco más de un año de finalizar su mandato, el jefe comunal es un “muchacho” al que nadie controla, y muchos dudamos que sea bueno.
En teoría, es la sociedad —a través de la prensa, las instituciones intermedias, los partidos políticos— la que establece los mecanismos de “check and balance” para que todo funcione bien. Pero en un gobierno virtualmente sin oposición, los mecanismos de rendición de cuentas se desvanecen, y cuesta escuchar voces disidentes.
La prensa es muchas veces la voz de los que no tienen voz; pero en Pilar, el “cuarto poder” es uno más de los de la vereda oficial; salvo honrosas y cíclicas excepciones, que por fortuna las hay, los medios y periodistas pilarenses se recuestan sobre “la vereda del sol”. Como me dijo una vez a modo de justificación un empresario periodístico que autocensuró la difusión de una noticia ante la amable “sugerencia” de una funcionaria de la Dirección de Prensa comunal, “una cosa son los principios, y otra son los negocios... y esto es un negocio”.
Por su lado, las instituciones intermedias suelen estar cooptadas por punteros que venderían a su madre por un puñado de monedas, o que dejarían sus principios de lado por algún pequeño favor. Por ejemplo, quienes desde la misma cámara empresaria local se oponían a la radicación de un supermercado en el centro de la ciudad hace una década, se terminaron lamentando al tiempo por la falta de inversiones, que a su vez provocó la degradación ininterrumpida del casco histórico; y habiendo aplaudido el estacionamiento medido impuesto durante la gestión de Sergio Bivort, al asumir Humberto Zúccaro aplaudieron la expulsión de los “loritos”; ahora vuelven a acompañar las zigzaguenantes políticas municipales, que irremediablemente terminarán en el punto de partida, cobrando por estacionar.
Los vecinos de la calle Derqui, en La Lonja, todavía recuerdan las promesas hechas por funcionarios de primera línea de Zúccaro, que los visitaron para explicarles en qué consistirían las mejoras que realizarán en el barrio gracias al dinero de la venta de calles al country Mapuche. Por creer en esas promesas, dejaron de reclamar. Hoy, dos años después, la calle Derqui sólo conduce a un portón cerrado con candado, y quienes confiaron en que vivirían sobre asfalto, siguen embarrándose como antes; lo único que les cambió, es que a la ruta panamericana la ven a través de un alambrado, y para alcanzarla, tienen que recorrer muchas cuadras más que antes.
Los partidos políticos merecen un análisis aparte: la mayoría de las vertientes del oficialismo con representación en el deliberativo, parecería que se esfuerzan en pertenecer a bloques legislativos distintos no por diferencias ideológicas irreconciliables, sino más bien para poder mantener ciertos privilegios: cada bloque tiene derecho a designar a su propio personal administrativo, y eso, en el lenguaje de la política, es sinónimo de dinero, y de poder.
Entre las agrupaciones partidarias que no tienen morada en el Honorable Concejo Deliberante, hay algunos ejemplos de una plausible resistencia, de levantar la voz cuando el gobierno comienza a morder la banquina (permítaseme la licencia de incluir en esta categoría a la inclaudicable Casa de Derechos Humanos Catie y Leonie). Pero, vale aclararlo, esas voces nunca jamás fueron escuchadas por los oídos del jefe comunal.
Por eso, como decía Tato Bores en sus inolvidables monólogos, “a estar atentos”, porque lo único que verdaderamente funciona cuando se trata de exigir al gobierno que haga lo que debe, es que la sociedad ocupe su lugar, participando de manera comprometida. Después de todo, la función del gobierno debería ser la de trabajar para fortalecer los derechos de la sociedad, y no —como tantas veces sucede— para debilitarlos.
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martes, 12 de septiembre de 2006
Sin Control
(EL DIARIO REGIONAL, 12/09/2006) Decía Perón que “los muchachos son buenos, pero si se los controla, son mejores”, refiriéndose a la conveniencia de establecer mecanismos de control gubernamental, incluso para vigilar a aquellos con quienes compartía un mismo espacio partidario.
A poco más de un año de finalizar su mandato, el jefe comunal es un “muchacho” al que nadie controla, y muchos dudamos que sea bueno.
En teoría, es la sociedad —a través de la prensa, las instituciones intermedias, los partidos políticos— la que establece los mecanismos de “check and balance” para que todo funcione bien. Pero en un gobierno virtualmente sin oposición, los mecanismos de rendición de cuentas se desvanecen, y cuesta escuchar voces disidentes.
La prensa es muchas veces la voz de los que no tienen voz; pero en Pilar, el “cuarto poder” es uno más de los de la vereda oficial; salvo honrosas y cíclicas excepciones, que por fortuna las hay, los medios y periodistas pilarenses se recuestan sobre “la vereda del sol”. Como me dijo una vez a modo de justificación un empresario periodístico que autocensuró la difusión de una noticia ante la amable “sugerencia” de una funcionaria de la Dirección de Prensa comunal, “una cosa son los principios, y otra son los negocios... y esto es un negocio”.
Por su lado, las instituciones intermedias suelen estar cooptadas por punteros que venderían a su madre por un puñado de monedas, o que dejarían sus principios de lado por algún pequeño favor. Por ejemplo, quienes desde la misma cámara empresaria local se oponían a la radicación de un supermercado en el centro de la ciudad hace una década, se terminaron lamentando al tiempo por la falta de inversiones, que a su vez provocó la degradación ininterrumpida del casco histórico; y habiendo aplaudido el estacionamiento medido impuesto durante la gestión de Sergio Bivort, al asumir Humberto Zúccaro aplaudieron la expulsión de los “loritos”; ahora vuelven a acompañar las zigzaguenantes políticas municipales, que irremediablemente terminarán en el punto de partida, cobrando por estacionar.
Los vecinos de la calle Derqui, en La Lonja, todavía recuerdan las promesas hechas por funcionarios de primera línea de Zúccaro, que los visitaron para explicarles en qué consistirían las mejoras que realizarán en el barrio gracias al dinero de la venta de calles al country Mapuche. Por creer en esas promesas, dejaron de reclamar. Hoy, dos años después, la calle Derqui sólo conduce a un portón cerrado con candado, y quienes confiaron en que vivirían sobre asfalto, siguen embarrándose como antes; lo único que les cambió, es que a la ruta panamericana la ven a través de un alambrado, y para alcanzarla, tienen que recorrer muchas cuadras más que antes.
Los partidos políticos merecen un análisis aparte: la mayoría de las vertientes del oficialismo con representación en el deliberativo, parecería que se esfuerzan en pertenecer a bloques legislativos distintos no por diferencias ideológicas irreconciliables, sino más bien para poder mantener ciertos privilegios: cada bloque tiene derecho a designar a su propio personal administrativo, y eso, en el lenguaje de la política, es sinónimo de dinero, y de poder.
Entre las agrupaciones partidarias que no tienen morada en el Honorable Concejo Deliberante, hay algunos ejemplos de una plausible resistencia, de levantar la voz cuando el gobierno comienza a morder la banquina (permítaseme la licencia de incluir en esta categoría a la inclaudicable Casa de Derechos Humanos Catie y Leonie). Pero, vale aclararlo, esas voces nunca jamás fueron escuchadas por los oídos del jefe comunal.
Por eso, como decía Tato Bores en sus inolvidables monólogos, “a estar atentos”, porque lo único que verdaderamente funciona cuando se trata de exigir al gobierno que haga lo que debe, es que la sociedad ocupe su lugar, participando de manera comprometida. Después de todo, la función del gobierno debería ser la de trabajar para fortalecer los derechos de la sociedad, y no —como tantas veces sucede— para debilitarlos.
A poco más de un año de finalizar su mandato, el jefe comunal es un “muchacho” al que nadie controla, y muchos dudamos que sea bueno.
En teoría, es la sociedad —a través de la prensa, las instituciones intermedias, los partidos políticos— la que establece los mecanismos de “check and balance” para que todo funcione bien. Pero en un gobierno virtualmente sin oposición, los mecanismos de rendición de cuentas se desvanecen, y cuesta escuchar voces disidentes.
La prensa es muchas veces la voz de los que no tienen voz; pero en Pilar, el “cuarto poder” es uno más de los de la vereda oficial; salvo honrosas y cíclicas excepciones, que por fortuna las hay, los medios y periodistas pilarenses se recuestan sobre “la vereda del sol”. Como me dijo una vez a modo de justificación un empresario periodístico que autocensuró la difusión de una noticia ante la amable “sugerencia” de una funcionaria de la Dirección de Prensa comunal, “una cosa son los principios, y otra son los negocios... y esto es un negocio”.
Por su lado, las instituciones intermedias suelen estar cooptadas por punteros que venderían a su madre por un puñado de monedas, o que dejarían sus principios de lado por algún pequeño favor. Por ejemplo, quienes desde la misma cámara empresaria local se oponían a la radicación de un supermercado en el centro de la ciudad hace una década, se terminaron lamentando al tiempo por la falta de inversiones, que a su vez provocó la degradación ininterrumpida del casco histórico; y habiendo aplaudido el estacionamiento medido impuesto durante la gestión de Sergio Bivort, al asumir Humberto Zúccaro aplaudieron la expulsión de los “loritos”; ahora vuelven a acompañar las zigzaguenantes políticas municipales, que irremediablemente terminarán en el punto de partida, cobrando por estacionar.
Los vecinos de la calle Derqui, en La Lonja, todavía recuerdan las promesas hechas por funcionarios de primera línea de Zúccaro, que los visitaron para explicarles en qué consistirían las mejoras que realizarán en el barrio gracias al dinero de la venta de calles al country Mapuche. Por creer en esas promesas, dejaron de reclamar. Hoy, dos años después, la calle Derqui sólo conduce a un portón cerrado con candado, y quienes confiaron en que vivirían sobre asfalto, siguen embarrándose como antes; lo único que les cambió, es que a la ruta panamericana la ven a través de un alambrado, y para alcanzarla, tienen que recorrer muchas cuadras más que antes.
Los partidos políticos merecen un análisis aparte: la mayoría de las vertientes del oficialismo con representación en el deliberativo, parecería que se esfuerzan en pertenecer a bloques legislativos distintos no por diferencias ideológicas irreconciliables, sino más bien para poder mantener ciertos privilegios: cada bloque tiene derecho a designar a su propio personal administrativo, y eso, en el lenguaje de la política, es sinónimo de dinero, y de poder.
Entre las agrupaciones partidarias que no tienen morada en el Honorable Concejo Deliberante, hay algunos ejemplos de una plausible resistencia, de levantar la voz cuando el gobierno comienza a morder la banquina (permítaseme la licencia de incluir en esta categoría a la inclaudicable Casa de Derechos Humanos Catie y Leonie). Pero, vale aclararlo, esas voces nunca jamás fueron escuchadas por los oídos del jefe comunal.
Por eso, como decía Tato Bores en sus inolvidables monólogos, “a estar atentos”, porque lo único que verdaderamente funciona cuando se trata de exigir al gobierno que haga lo que debe, es que la sociedad ocupe su lugar, participando de manera comprometida. Después de todo, la función del gobierno debería ser la de trabajar para fortalecer los derechos de la sociedad, y no —como tantas veces sucede— para debilitarlos.
miércoles, 23 de agosto de 2006
Gobierno fractal
(EL DIARIO REGIONAL, 23/08/2006) Benoit Mandelbrot es un octogenario matemático de origen polaco que desarrolló una nueva geometría basada en “fractales”. El concepto sirve para describir mejor los contornos irregulares y aparentemente caóticos del mundo que nos rodea: sus fórmulas permiten estudiar la configuración de árboles y nubes, cordilleras y costas, células y órganos, compuestos químicos y galaxias.
Mandelbrot encontró patrones, y esos patrones tienen un carácter "fractal": a grandes rasgos, las formas están hechas de pequeñas copias de sí mismas y sus partes son similares al todo: son parecidas pero a una escala menor. "Si usted observa un árbol de lejos, ve eso, un árbol. Si se aproxima, ve una rama. Pero la rama es muy parecida a un pequeño árbol", afirma el científico polaco.
La teoría de los fractales permitiría entender lo que sucede en Pilar: tras años de reclamar para que se apruebe una ordenanza que reconozca a la información como un derecho y no como una concesión graciosa ofrecida por el gobierno de turno, el acceso a la información pública sigue siendo otra de las promesas incumplidas (y van…).
Según lo informado por El Diario Regional en su edición de ayer, el "ranking de apertura" elaborado por un instituto privado, el IERAL, da cuenta de que nuestro gobierno “de puertas abiertas” —como le gusta autocalificarlo el intendente Humberto Zúccaro— es en realidad un “caso extremo” de “puertas cerradas”, el segundo de los cien casos analizados, siendo superado sólo por la Ciudad de La Rioja.
En el Concejo Deliberante de Pilar las cosas no están mejor. Durante una entrevista que le realizaran por FM Plaza al Concejal Carlos Olivera, hace algunas semanas, afirmó tramposamente que “hay una Ordenanza General, la 267, que te marca el paso de cómo iniciás un expediente, con una nota simple solicitando (la información pública) por mesa de entrada”. Como si poder conocer cómo se seleccionaron los proveedores que cotizaron por la construcción de la peatonal sobre la calle Rivadavia, o cuánto se les paga a los médicos contratados, fuera una tarea más que simple, el jefe de la bancada zuccarista en el Concejo fue más allá: “¿Quién te dijo que no está esa legislación?”, le inquirió al periodista con una inocultable carga de soberbia, típica del gordito que en la cancha del barrio se sabe el dueño de la pelota.
El estudio del IERAL confirma que lo dicho por Olivera no pertenece al campo de la realidad, sino más bien al de la ficción, y que el gobierno zuccarista no brinda la información que se le solicita como debiera.
A nivel nacional, el gobierno de Kirchner ha declamado ser también “de puertas abiertas”, pero cuando hace un año el saludable proyecto de ley de libre acceso a la información pública pasó por el Senado, hizo lo imposible para desvirtuarlo.
Como los fractales de Mandelbrot, el gobierno local es —en cuanto a la transparencia— una pequeña rama del gobierno nacional. El patrón de falta de apertura de uno, se replica en el otro como las formas del árbol y sus ramas. A su vez, a nivel de la gestión municipal de Pilar, tanto el Departamento Ejecutivo como el Concejo Deliberante, replican también idénticas mañas.
Al observar un gobierno poco transparente de lejos, se ve un gobierno poco transparente. Pero si uno se aproxima, podrá ver al gobierno municipal, muy parecido a un gobierno poco transparente.
Mandelbrot encontró patrones, y esos patrones tienen un carácter "fractal": a grandes rasgos, las formas están hechas de pequeñas copias de sí mismas y sus partes son similares al todo: son parecidas pero a una escala menor. "Si usted observa un árbol de lejos, ve eso, un árbol. Si se aproxima, ve una rama. Pero la rama es muy parecida a un pequeño árbol", afirma el científico polaco.
La teoría de los fractales permitiría entender lo que sucede en Pilar: tras años de reclamar para que se apruebe una ordenanza que reconozca a la información como un derecho y no como una concesión graciosa ofrecida por el gobierno de turno, el acceso a la información pública sigue siendo otra de las promesas incumplidas (y van…).
Según lo informado por El Diario Regional en su edición de ayer, el "ranking de apertura" elaborado por un instituto privado, el IERAL, da cuenta de que nuestro gobierno “de puertas abiertas” —como le gusta autocalificarlo el intendente Humberto Zúccaro— es en realidad un “caso extremo” de “puertas cerradas”, el segundo de los cien casos analizados, siendo superado sólo por la Ciudad de La Rioja.
En el Concejo Deliberante de Pilar las cosas no están mejor. Durante una entrevista que le realizaran por FM Plaza al Concejal Carlos Olivera, hace algunas semanas, afirmó tramposamente que “hay una Ordenanza General, la 267, que te marca el paso de cómo iniciás un expediente, con una nota simple solicitando (la información pública) por mesa de entrada”. Como si poder conocer cómo se seleccionaron los proveedores que cotizaron por la construcción de la peatonal sobre la calle Rivadavia, o cuánto se les paga a los médicos contratados, fuera una tarea más que simple, el jefe de la bancada zuccarista en el Concejo fue más allá: “¿Quién te dijo que no está esa legislación?”, le inquirió al periodista con una inocultable carga de soberbia, típica del gordito que en la cancha del barrio se sabe el dueño de la pelota.
El estudio del IERAL confirma que lo dicho por Olivera no pertenece al campo de la realidad, sino más bien al de la ficción, y que el gobierno zuccarista no brinda la información que se le solicita como debiera.
A nivel nacional, el gobierno de Kirchner ha declamado ser también “de puertas abiertas”, pero cuando hace un año el saludable proyecto de ley de libre acceso a la información pública pasó por el Senado, hizo lo imposible para desvirtuarlo.
Como los fractales de Mandelbrot, el gobierno local es —en cuanto a la transparencia— una pequeña rama del gobierno nacional. El patrón de falta de apertura de uno, se replica en el otro como las formas del árbol y sus ramas. A su vez, a nivel de la gestión municipal de Pilar, tanto el Departamento Ejecutivo como el Concejo Deliberante, replican también idénticas mañas.
Al observar un gobierno poco transparente de lejos, se ve un gobierno poco transparente. Pero si uno se aproxima, podrá ver al gobierno municipal, muy parecido a un gobierno poco transparente.
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